17 agosto 2019

Cuando apenas nada te queda...

Estos días he podido comprender más profundamente, si cabe, cómo las pequeñas cosas pueden llegar a convertirse en algo enorme. He podido comprobar como, para alguien, pueden llegar a ser todo, lo más esperado. Y es cierto, lo que para uno es una nimiedad, algo insignificante, algo sin importancia, para otro es su vida entera. 

No, hoy no voy a hablar de mis pequeñas cosas sino de las suyas... las de ella, las de ellos...

Días atrás he frecuentado un hospital. Iba a visitar a mi padre. En una de esas visitas, entablé conversación con uno de sus compañeros de habitación, un señor de 86 años que, aunque enfermo, tenía una vitalidad envidiable. Y una actitud ante la vida digna de admirar. Su hija, que imagino tiene una edad similar a la mía, tiene ataxia. Este trastorno afecta a la capacidad de coordinación del movimiento y, en su caso, es causado por un deterioro progresivo del cerebelo. Su enfermedad empezó a los 8 años. Ahora lleva 5 viviendo en un centro especializado, pues sus padres son muy mayores y no pueden hacerse cargo de ella. El caso es que su estado empeora con el paso del tiempo. Ahora va en silla de ruedas, necesita ayuda para todas las actividades diarias. Para  moverse, para la higiene, para comer, etc. Y empieza a tener problemas de deglución y de visión... Ella es consciente de su deterioro. 

El mayor deseo de este señor era que le dieran el alta para poder llevar a su hija cerca del mar. - Le encanta, me decía. Se pone muy contenta cuando vamos a verla y salimos a comer juntos. Supongo que ese momento representa para ella una de sus pequeñas cosas, el polo positivo de la balanza. Las pequeñas cosas... esas que, a veces, pesan tanto que su nombre pierde el sentido pues dejan de ser pequeñas para transformarse en algo grande, enorme... 

No pude quitarme de la cabeza a esta mujer en unas horas. Es joven. Es dependiente total y sabe con certeza que cuando sus padres ya no estén se quedará "sola". Aún así sabe sacar fuerzas, milagrosamente, para disfrutar de sus pequeñas cosas, que seguro para ella lo son todo... Su familia, el mar, los sabores, las texturas... 

No pude evitar recordar con nostalgia a "mis niños". Unas personas también residentes de un centro especial. Personas con parálisis cerebral, también en silla de ruedas, también dependientes. Personas con trastornos mentales severos y de conducta... que disfrutaban con la visita de su gente, con las salidas a la piscina, al cine, a la playa... "Mis niños", Flora, Juan Carlos, Marta, Carmen, Tomás... Siempre los recuerdo (del latín re-cordis: volver a pasar por el corazón) y es que los quise mucho. Cuando regresan a mi mente siento que, en  la mayoría de ocasiones, muchos de nuestros problemas no lo son en absoluto. Durante los ocho años que cuidé de ellos me enseñaron tantas cosas que podría afirmar que, en muchos aspectos, fueron mis maestros. Justo fui a parar allí después del gran "crak" de mi vida, y ellos me ayudaron tanto... mucho más que yo a ellos. Es la pura verdad. En estos años no he sido capaz de volver a verlos. La tristeza de verlos allí me mata y se que algunos ya no están...
Es una pena, pues con el tiempo las lecciones se olvidan. Pero ella, la hija de este señor, me las ha recordado. Solo puedo agradecer a ese hombre que me haya ayudado a recordar... Recordar lo mucho que tengo que agradecer a diario: puedo desplazarme de un lugar a otro, sola. Puedo hacer mi propia comida y degustarla sin problemas, puedo caminar, correr, nadar, bailar, abrazar, puedo respirar... Y siento un profundo agradecimiento por ello, lo había olvidado... 

No, muchos de nuestros problemas no lo son en absoluto o, al menos, no son tan grandes como creemos. 

Buenos Alimentos & Pensamientos & Sentimientos

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