12 julio 2019

Los ciclos naturales. Somos naturaleza

Tiempo atrás pensaba que lo "correcto", lo "normal", lo "aceptable", era estar siempre más o menos igual anímicamente, en equilibrio, sin demasiados cambios. Admiraba a la gente que parecía no tener altibajos emocionales o energéticos. Siendo testigo de esa aparente estabilidad, parecía tan fácil... Esta gente se me antojaba como una línea recta, un bálsamo, como algo "seguro" y estable. Obviamente mi percepción no era del todo exacta pues dudo que nadie pueda mantenerse eternamente en un estado estático de estabilidad. Todos fluctuamos, aunque quizá con distinta intensidad y/o frecuencia. Yo también. Lo mío nunca fueron las líneas rectas. No soy estática. Yo soy movimiento. 

Desde que vivo en plena naturaleza soy mucho más consciente de ello, de mis ciclos. He aprendido a respetarlos, a aceptarlos, incluso me agrada sentir que "me muevo" que fluctúo. En la época fría me apetece más ir hacia adentro, estoy más introspectiva, en casa, cerquita de la chimenea... A medida que se van acercando los días más cálidos voy abriéndome, salgo más al exterior, bajo a regar el huerto, cuido más de las plantas, siento como mi energía aumenta, hasta mi piel mejora, el rostro resplandece... 

Frente a esta naturaleza cíclica, desde que nacemos nos vemos sumergidos en rutinas, en disciplinas férreas. Horarios fijos, rígidos, o bastante estables, actividades semanales, etc. Hemos integrado el hecho de no prestarnos mucha atención, ni a nuestras emociones, ni a nuestro estado físico ni mental. Nieve o haga un sol asfixiante el lunes hay que... (póngase lo que corresponda), no importa demasiado cómo se encuentre uno. No hay demasiado tiempo para sentirnos. A la mayoría de nosotros, desde niños, nos han educado en disciplina. Nos han enseñado a dividir nuestro tiempo en compartimentos. A distribuirlo en intervalos de distintas actividades. ¿Te acuerdas? Levantarnos temprano, asearnos, desayunar y salir corriendo hacia la escuela sin pensar, para sentarnos en una silla durante ¿cuánto? ¿tres horas seguidas? Descanso de media hora, y vuelta a la silla a escuchar en silencio dos o tres horas más. Sin olvidar pedir permiso para hablar, para todo. Vuelta a casa, comer en tiempo récord (muchas veces sin hambre y a la fuerza) para volver al cole un par de horas más... Parecía que de cabeza para abajo no existíamos. Éramos mentes absorbentes. ¿Nos ha servido de algo memorizar tantísimos datos? ¿somos capaces a día de hoy de cuestionar las cosas? Pero bueno, que me voy del tema... Creo que a golpe de disciplina, un año tras otro, y tras otro, y otro más... Hemos integrado de manera inconsciente la creencia de que: hemos de estar siempre igual, lineales, con la energía estable, a tope, para ser productivos y eso a la larga nos otorgará mayor bienestar. Nos hemos creído la premisa de que a mayor número de actividades, mayor felicidad, y cuanto  más rápido lo hagamos todo, mejor. Prima la cantidad en vez de la calidad. Lo mismo pasa con las relaciones... parece que es mejor tener muchos amigos, cuando lo que aporta bienestar es la calidad de las mismas. 

Por otro lado, frente a nuestro empeño en mantenernos estables, la naturaleza es cíclica, variable, lenta, armoniosa... y no podemos obviar el hecho de que nosotros somos naturaleza. Nada es igual de un día para otro, y aunque lo parezca no hay quietud, todo es dinámico, se mueve, cambia poco a poco... Solo hay que pasear por un bosque en las distintas estaciones para advertirlo. Fíjate en un árbol de hoja caduca. Pasa de la desnudez de sus ramas a tener tímidos brotes, hasta que florece en toda su plenitud para terminar perdiendo de nuevo las hojas. Permite que las estaciones pasen por él. Imagina pedirle a este árbol que florezca en invierno. Imposible, ¿verdad? Pues es más o menos lo que se nos demanda a diario. No hay tiempo para sentir nuestras "estaciones", nuestros ciclos. El árbol, en cambio, se recoge en otoño e invierno y se da en verano y primavera. Nosotros debemos darnos siempre, no importa como estemos. 

Miles de años atrás, otras civilizaciones eran mucho más conscientes de esto. Estaban en contacto con la naturaleza. Había pueblos que, a diferencia de nosotros, dividían el calendario en dos partes: la etapa cálida, que era considerada la época de luz. Y la fría, la oscuridad. No lo vivían como un problema, al contrario, lo entendían y aceptaban. Integraban los ciclos en su día a día, en su vida. Y les daban la bienvenida con un festejo lleno de magia y simbolismo. 
Con la llegada del otoño el día y la noche duran lo mismo, por eso, en la antigüedad, esta época representaba el equilibrio entre la luz y la oscuridad. Puede que el otoño venga a decirnos que a pesar de que todo es cíclico y cambiante, a pesar de la danza entre la luz y las sombras... también existen  momentos de estabilidad y equilibrio, de serena quietud. Puede que el otoño venga a decirnos que una vida equilibrada se asienta sobre el baile armonioso entre desequilibrios sucesivos. Pues, sin movimiento el equilibrio no tiene razón de ser.

Todo llega. Todo se mueve, cambia. Todo se para, en calma. Y al final, todo se marcha... 

Buenos Alimentos & Pensamientos & Sentimientos

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