02 abril 2019

La sensibilidad perdida ¿Cómo recuperarla?

Sensibilidad y empatía no pueden separarse. Solamente la persona sensible es capaz de ponerse en el lugar del otro. 

Te voy a contar una anécdota que me pasó a los 18 años. Estaba anocheciendo, por la calle no había mucha gente. Yo iba de copiloto en el coche del que, por aquel entonces, era mi compañero de vida. Al parar en un semáforo vi como una pareja discutía. De repente la situación se desbordó y él empezó a agredir a la mujer. Sin pensarlo ni un segundo salí del coche y me metí en medio. Lo se, un pelín temerario... Terminé llevando a la mujer a su casa en coche. Mi compañero me confesó después que se asustó bastante pues aquello habría podido complicarse mucho. Y aunque tenía razón, no lo pensé, solo actué. Al ver a aquella mujer indefensa en medio de la calle, un fuego abrasador se encendió dentro de mí. Fui capaz de ponerme en su lugar. Tristemente al día siguiente, al pasar por la misma calle, vimos a la pareja, juntos de nuevo... 

Me gusta creer que todos somos capaces de empatizar, solo que algunos lo han olvidado. Me gusta creer que nuestra naturaleza es compasiva, solo que, en muchos casos, ciertas experiencias infantiles, la educación recibida, las amistades elegidas, etc. han contribuido a diluir poco a poco esa parte de nosotros tan humana.

Parece que la realidad nos demuestra que cada vez hay más personas con baja sensibilidad, por tanto les cuesta empatizar. Si la norma fuera gozar de una sensibilidad exquisita viviríamos en una sociedad más amable y cuidadosa con el medio y las personas, algo que hace mucha falta. Respetaríamos los espacios de los demás, sus opiniones, sus silencios, cuidaríamos de nuestro entorno, etc. 
Cuando oigo a alguien tildar de hipersensible o débil a la persona sensible, no puedo evitar preguntarme ¿Será que en lugar de sobrar sensibilidad lo que ocurre es que hay una carencia notable en la persona "media"? 

Nuestro entorno, la realidad en la que vivimos, rema en el río de la desconexión, no favorece la atención plena. La mala alimentación, los avances tecnológicos, los horarios imposibles para conciliar trabajo y familia, etc. son algunas de las muchas circunstancias que nos impiden estar atentos a nuestras propias necesidades, imagina pues el margen que nos queda para atender las del otro. Las prisas nos obligan a ir corriendo de aquí para allá sin prestar atención. Vivimos engullidos por la sociedad de consumo. Producir más, crecer, etc. es el objetivo de este modelo. Seguir esta corriente nos lleva a un puerto no deseado y, lo más importante, no beneficioso. Hay que aprender de los salmones y nadar a contracorriente para llegar a dónde queremos ir realmente y ser quienes queremos ser, personas libres, empáticas, justas... Cada cuál conoce o debería conocer cuáles son sus propios valores.

¿No es más insano e indeseable ser una persona insensible o con una sensibilidad pobre? ¿A quien beneficia esta falta de empatía? Si nos ayudáramos más entre nosotros, si nos amáramos más, no necesitaríamos tantas cosas materiales para llenar nuestras carencias afectivas porque nos sentiríamos plenos al haber aprendido a amarnos.

Creo que es posible trabajar esta cualidad empezando por uno mismo. Trabajando nuestra autoestima aprendemos paralelamente a amar a los demás. Si amas algo, lo cuidas, lo atiendes. La atención plena es buena herramienta para empezar a conocernos, escucharnos y atendernos. Después será mucho más fácil conocer, escuchar y atender al otro. 

Buenos Alimentos & Pensamientos & Sentimientos

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