26 abril 2019

La leyenda del pez Koi

Cuenta la leyenda que, en un pasado lejano, en el antiguo Japón, el agua del río azul que fluía desde el cielo estaba separada del agua del río dorado que fluía desde la tierra, por el legendario portal del Dragón

El río dorado, llamado así por el color de sus aguas, era el último lugar donde podían nadar libremente los habitantes del mar; ya que los Dioses que caminaban en la tierra habían destruido su inmenso hogar creyéndose los verdaderos dueños de todo lo que alcanzaban ver sus ojos. Entre los habitantes de sus aguas, la familia de peces Koi brillaban a la luz del sol como estrellas relucientes. El de color negro era el papá Koi, el rojo la mamá Koi y su pequeño hijo Koi destacaba por un color azul profundo. Lo que más anhelaba el pequeño pez Koi era llegar a las aguas del río azul, pues su padre le contó que hubo un tiempo en que no existían barreras entre un lugar y otro y, los peces más valientes, los peces dragones, volaban en los cielos como perlas iluminando toda oscuridad. 
La entrada se encontraba río arriba. Traspasando el portal del Dragón, se llegaba a la Gran Cascada del río azul. A todo aquel que llegara le salían alas doradas, para volar, convirtiéndose así en Pez Dragón. 

El pequeño pez Koi, decidido a encontrar la Gran Cascada, se dispuso a nadar río arriba, a contracorriente. Los otros peces, desanimados, pensaban que era más fácil nadar con la corriente y no se molestaban en descubrir que había más allá de la cascada, pues los caminantes de la tierra ponían trampas para burlarse de ellos. A pesar de ser la corriente tan fuerte, el pequeño pez Koi aleteaba lo más fuerte que podía. Avanzaba lentamente pero poco a poco iba fortaleciéndose y se abría  camino por el río. 
Un día, el ruido de su chapoteo llamó la atención de los caminantes de la tierra. Enfadados y rabiosos por el descaro de aquel pequeño pez que se atrevía a desafiarlos, mandaron llamar al monstruo de la gran boca, el cual se tragaba todo lo que nadaba a su paso. Ellos no contaron con un detalle, el diminuto tamaño del pez Koi, gracias al cual atravesó sin problemas la piel agujereada del monstruo. Siguió perseverante nadando río arriba  cuando, de pronto, el agua se tornó oscura y sucia. No podía ver nada y comenzaba a encontrarse muy cansado y enfermo. Los caminantes de la tierra se jactaban de haber vencido los esfuerzos del pequeño pez, cuando de pronto desde la orilla el Dios del Aire, compadecido, mandó llamar a un remolino de viento que se llevó toda la suciedad despejándole así el camino para que continuara. El pez Koi continuó, ya estaba cerca lo presentía en sus aletas. Siguió y siguió nadando, pero algo extraño sucedía... cada vez había menos agua a su alrededor. De pronto se topó con un muro de piedra que se elevaba casi hasta el cielo. ¿Qué podía hacer ahora? Pues al otro lado se encontraba el portal del dragón. Pensó que su única posibilidad era saltar lo más alto que pudiera, lo intentó varias veces, sin rendirse, a pesar de que oía la risa de los caminantes burlándose de él. Una y otra vez alzó su cuerpo al aire para caer de nuevo al agua. Estaba tan cansado que incluso parecía que el muro crecía segundo a segundo, pero no desistió. 
El Dios de las Aguas que le estaba observando, emocionado por su valentía, quiso echarle una mano. Cuando el pez Koi, reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, se preparaba para el último salto, el Dios de las Aguas hizo llamar a las olas. Entonces, impulsado por ellas, se elevó hasta alcanzar la cima y pudo así pasar al otro lado de la Gran Cascada del río Azul. 

Así, debido a que no se rindió nunca, el pequeño pez Koi pudo saltar al otro lado del portal. Desapareció abrazado por la espesa niebla. Envuelto en ella renació como un precioso Pez Dragón. 

Dicen que, por las noches, chapotea alegremente por las aguas del gran río Azul. Y, desde ese día, cuando otro pez encuentra la fuerza, el coraje y la perseverancia  de ir a contracorriente superando sus dificultades, es recompensado con la metamorfosis y transformado en un precioso Pez Dragón.

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